Levantarme el sábado a las siete de la mañana no fue tan duro como me temía. El parque, a esa hora tan temprana, con el sol asomando entre los árboles, está si cabe más bonito que de costumbre. Lo atravesé para llegar al lugar en el que había quedado con Pablo y Kiko, y luego les llevé unos minutitos dentro del parque para que pudieran apreciar su belleza. La pena es que no vieron a las ardillitas. Por cierto, esta misma mañana, lunes, conseguí por fin que una de ellas se acercara a comer de mi mano. Cogía lo que le ofrecía, y se alejaba un metro para comerlo tranquilamente, sentadita sobre sus cuartos traseros y usando las manos para sostener la comida. Se alejaba cuando pasaba alguien más, pero luego volvía, y cuando se subió a un árbol huyendo de otra persona, permitió que me acercara y le ofreciera comida en la rama. Luego, una señora y una chica joven con un bebé de un año o así se detuvieron a mi lado y la chica sacó al bebé de la silla para que viera a la ardillita. Con tanto movimiento, esta se alejó un poco y como no se atrevía a volver, le dejé algo de comida en la rama y me fui. Quizá se atreviese a ir a por ella delante de esas personas, pero no me quedé a esperar.
El primer sitio al que fuimos el sábado fue a Bodiam Castle. Es un castillo muy bonito, aunque según lo vi me pareció muy pequeño (para ser un castillo, claro). La zona en la que está situado es una preciosidad, todo vegetación y los colores del otoño por doquier. De postal. No llegamos a entrar, pero quién sabe: tal vez algún día lo haga.

De nuevo con nuestro Kia Cee´d, Pablo al volante, pusimos rumbo a Hever Castle. Tengo que decir que fuimos muy afortunados: no sólo tuvimos un tiempo excelente (aunque por la noche bajaba mucho la temperatura), sino que no pillamos ni una sola caravana. Curiosamente, todas estaban del lado contrario al que íbamos. Ayer vimos una en la autopista que se extendía a lo largo de un montón de kilómetros. Me daban pena las personas que conducían aquellos coches, completamente parados en una autopista de tres carriles. No lo quiero ni pensar.
En cuanto a las carreteras, son estupendas. En general está todo muy bien señalizado, el asfalto está en buen estado y los dispositivos reflectantes que separan los carriles son excepcionales guías nocturnas. Las autopistas están bien, pero las carreteras en pleno campo le encantan a mi hermano, y según íbamos avanzando iba diciendo continuamente: “qué carretera más guay”, “mira qué colores”, “qué pasada”, “qué guapo todo”, y nos tenía entretenidos con tanta admiración por lo que le rodeaba.
También en este punto tengo que hablar del GPS de Kiko: impresionante. Lo indicaba todo con una exactitud pasmosa y con suficiente antelación para realizar cualquier maniobra. Si te equivocabas de camino o no le hacías caso por cualquier circunstancia, enseguida buscaba una ruta partiendo de la nueva posición, y el tiempo que empleaba para ello era de uno o dos segundos como mucho. Cuando de pronto uno de nosotros decía: “¿por qué no habla la chica?”, casi cundía el pánico, pensando que quizá mi tío había desactivado la voz de alguna manera y nos estábamos saliendo de la ruta planeada (es que mi tío es un poco desastre… jajaja). La pregunta de por qué no hablaba la chica llegó a ser popular durante todo el viaje, porque a veces había que seguir recto durante mucho rato y la chica, en esos casos, no hablaba, así que a veces nos mosqueábamos un poco. :D

Hever Castle es un castillo pequeño, también. Según lo vi, yo pensé que eso no podía ser el castillo, debía de ser el edificio de los empleados o algo… Los aledaños eran preciosos, y reflejaban el gusto caprichoso y extravagante de los dueños del castillo. Vimos, por ejemplo, las piezas de un ajedrez creado con setos, y unos jardines italianos en los que había, por lo visto, algún resto de Pompeya. No llegamos a verlos de cerca, porque se nos hacía tarde, pero desde lejos parecían preciosos.
El interior del castillo es impresionante. Las salas son en su mayoría pequeñas. Vale, es cierto que casi todas son dos veces el tamaño del salón de la casa de cualquiera, pero no eran las típicas salas inmensas que a veces se ven en los castillos. Todas tenían un tamaño, digamos, razonable. El castillo perteneció en su día a Enrique VIII durante el período en el que estuvo casado con Ana Bolena. Era algo así como la casita de campo a la que iban de vez en cuando. Los muebles, todos (o casi todos) de aquella época, estaban exquisitamente tallados y uno no podía evitar quedarse embobado mirándolos. Tendríais que ver el cabecero de la cama de Ana Bolena. En realidad, todo estaba recargado hasta la extravagancia, pero el trabajo artesanal escondido tras cada uno de los objetos debe haber sido brutal.
Los últimos dueños del castillo fueron la familia Astor, cuyo patriarca murió en el hundimiento del Titanic en 1912. Había muchas fotos de él y de toda su familia repartidas por algunas estancias. Y es que el castillo estaba dividido en dos áreas: la primera parte estaba dedicada a Enrique VIII y su mujer, y la segunda tenía como protagonista a la familia Astor. Evidentemente, las dos épocas estaban bien diferenciadas, y el tipo de muebles y de objetos era totalmente distinto, acorde a cada período histórico. Como es imposible describirlo todo y como tampoco quiero cansaros más de lo imprescindible, me limitaré a comentar lo que más me llamó la atención de todo. Fueron unas figuras (ignoro de qué material estaban hechas) que representaban, a tamaño natural, una escena de la vida de Enrique VIII y de Ana Bolena. El realismo de las figuras y de su vestuario hacía sencillo para la mente trasladarse a aquella época. En la escena, Enrique VIII, con su mujer Catalina (que no parece muy contenta), mira a Ana Bolena, que ha venido a entretenerlo (ella era muy inteligente y tenía mucha cultura) acompañada por su padre, quien observa al rey preocupado por el interés que este muestra por su hija. Al lado, la madre de Ana Bolena acompaña y organiza a los sirvientes, que se disponen a preparar la comida. Un amigo de Enrique VIII observa también a Ana Bolena (más tarde será ejecutado junto con otros cuatro, acusado de tener relaciones con Ana, y ella será acusada de adulterio y ejecutada a su vez). En el castillo se hallaba la trascripción de la última carta que ella le escribió desde prisión, en la que aseguraba que había sido leal y que no entendía por qué estaba prisionera. Pone los pelos de punta. No recuerdo haber visto la carta original de puño y letra de Ana, ni una copia.


Nuestro siguiente destino fue el Leeds Castle. Pablo sabía que era el día en el que había un espectáculo de fuegos artificiales que sólo ofrecen una vez al año, pero ignorábamos si permitirían la entrada. Cuando llegaban, vimos el cartel de “completo” y nos llevamos una gran decepción. Le fuimos a rogar un poco a la tía de taquilla a ver si nos dejaba entrar. Sabíamos que no podríamos ver el castillo por dentro a aquellas horas, pero al menos queríamos verlo por fuera y, si fuera posible, ver los fuegos artificiales. Pero la tía dijo que lo sentía mucho, que desde hacía dos semanas no quedaban entradas y que ni hablar. Yo creo que Kiko y yo nos dimos por vencidos en el acto, pero Pablo se puso a investigar por los alrededores buscando algún modo de entrar, y entonces dimos con los que se ocupaban de un gran globo aerostático, que enseguida nos dijeron que nos daban un viajecito por las alturas por una módica cantidad. En realidad, de lo único que se trataba era de que, con ayuda de un cable, dejaban que el globo se elevara hasta 100 metros de altura y nos dejaban allí arriba durante diez minutos. Decidimos que subiríamos y bromeando (o sin bromear) empezamos a decir que desde arriba investigaríamos el modo de colarnos en el recinto del castillo sin pasar por el punto en el que dos chicas pedían los tickets. El globo, con algunos pasajeros, descendió al suelo para recogernos a nosotros. Tuvimos que esperar a una cierta distancia a que se apearan, y entonces Pablo lo vio: un tipo salió del globo, se dirigió hacia la valla de un metro de altura que separaba el recinto del globo del recinto del castillo (más allá del punto donde estaban las chicas, aunque no mucho más), la saltó y se fue tan campante hacia el castillo. Así que Pablo, instigador de “malas” acciones, nos aleccionó sobre lo que teníamos que hacer: nada más bajar del globo, nos encaminaríamos sin titubear hacia la valla, la saltaríamos sin mirar hacia ningún lado y caminaríamos hacia el castillo como si nada.



Subir al globo fue divertido, y el paisaje desde allí era impresionante, así como la vista del castillo. Realmente subir no causa ninguna impresión, y bajar menos. Es como ir en ascensor, no notas nada. Así que nos limitamos a disfrutar del paisaje y a sacar fotos. Como nadie nos entendía, también aprovechamos el viajecito para ultimar los detalles del plan: se trató, básicamente, de que mi hermano nos infundió valor para echarle morro al asunto y colarnos. El globo comenzó a descender, y los nervios a aumentar. Me tocó a mí salir la primera de los tres y guié la marcha, directa hacia la valla. Desde detrás, mi hermano me dijo que no caminara tan rápido. Salté la valla en un abrir y cerrar de ojos y de pronto ya estaba dentro del recinto. Mi hermano también, apenas un segundo después. Mi tío se quedó atascado en la valla porque no hacía pie y tardó un poco más… jajjaa. Pero ¡estábamos dentro! Caminamos hacia el castillo con miedo a que alguien saliera corriendo a perseguirnos para echarnos fuera, no acabando de creernos que, por el mismo precio, hubiésemos subido al globo y, además, entrado al recinto del castillo. Pero así fue. Luego ya nos mezclamos con la muchedumbre y fuimos libres. Fue toda una aventura, que me enseñó que a veces hay que ser “un poco travieso” si quieres conseguir algo que no daña a nadie. Porque el recinto del castillo era tan grande que ni siquiera había que apelotonarse para ver los fuegos: la gente se sentaba sobre el césped, y la distancia con el de al lado era fácilmente de dos metros. Así que os aseguro que no estorbamos a nadie.
El castillo es precioso, como todo lo que le rodea. Paseamos por los jardines durante más de una hora hasta que empezaron los fuegos. Tuvimos que preguntar a qué hora eran, esperando que nadie se sorprendiera por semejante pregunta, que claramente nos delataba. Por supuesto, no preguntamos a ningún guarda ni nada parecido, sino que preguntamos a la primera persona “normal” que encontramos. Los fuegos eran a las cinco y media, nos dijo. Claro, aquí a las cinco y media es noche cerrada…
El espectáculo fue muy emocionante, porque no se limitaron a lanzar fuegos y ya, sino que pusieron música bien alta (Star Wars, Piratas del Caribe…) y relataron, intercalada con los fuegos y con la música, una historia para niños que yo traté de ir traduciendo, malamente, para que Pablo y Kiko se enteraran. Más o menos, la cosa iba de que un dragón muy viejo y muy sabio decidió enseñar todo lo que sabía a un discípulo joven y al final el dragón joven era capaz de escupir llamas multicolores (el maestro nunca llegó a conseguirlo) y pudo desterrar al malo de la peli, que era un personaje que todo lo teñía de blanco y negro, o algo así. En honor al dragón, llamado Pip, que llenó el mundo de color, se creó el castillo de Leeds. Ver los fuegos con aquella historia como transfondo y el castillo ante nuestros ojos fue algo muy especial. No tengo ninguna foto adecuada para poneros, pero quizá mi tío me mande alguna y os lo pueda mostrar.
Después de Leeds Castle, y ya camino a casa, visitamos Lenham, un pequeño pueblo con casas medievales. En realidad, nos limitamos a visitar la plaza principal y luego entramos en una taberna-cafetería a tomar algo. Pablo y Kiko tomaron cerveza negra, a la que se la tenían jurada desde que llegaron, mientras que yo me limité a un zumo de naranja. Allí en la misma plaza entramos también a una tienda en la que había un poco de todo. Atendía un señor de entre cincuenta y sesenta años, que estaba en caja. Pablo y Kiko cogieron algunas bebidas y Kiko las puso sobre el mostrador:
—¿Cuánto es eso? —preguntó, como si tal cosa, sin mirar al tío siquiera porque estaba contando monedas.
Yo que estaba al lado sonreí con cara de circunstancias:
—How much is it? —traduje.
Al de la caja le dio la risa tonta mientras hacía la cuenta, y nosotros teníamos un cachondeo terrible con Kiko, que decía que no se había dado cuenta, hasta que de pronto salta el tío en español:
—Tres ochenta.
—¡Hala, jodeivos! —dijo Kiko, y todos por los suelos de la risa, incluido el de la tienda, que hizo gala de un español bastante aceptable e hizo sentir a Kiko como un héroe nacional… jajajaja.

Tras Lenham, visitamos, ya para terminar, el castillo de Rochester. De los que vimos era el más alto, y sus ruinas impresionaban en la oscuridad. Estuvimos en un tris de saltar la verja y colarnos en el recinto, que estaba a oscuras y no parecía haber guardas, pero finalmente decidimos no hacerlo, porque se hacía tarde, Kiko no quería y teníamos cierto temor de que nos vieran los vecinos. La catedral de Rochester, situada justo al lado del castillo, era también muy bonita, y entre los dos hacían de la plaza un lugar único. Habría sido interesante ir de día.
Y bueno, aquí termino la relación de sucesos y visitas del sábado que, como podréis ver, fue pero que muy productivo. Mañana os cuento la del domingo. En general fue un gran fin de semana, de esos que dan ganas de repetir a menudo, aunque no siempre es posible, sobre todo por el dinero que cuesta. Y no a mí precisamente, porque mi hermano y mi tío se portaron tan bien conmigo que al final no sólo no gasté nada, sino que encima salí ganando dinero con todo lo que me dejaron aquí.
Sólo una cosa más. Nos llamó la atención durante todo el fin de semana que había fuegos artificiales por todas partes. No sabíamos a qué se debía, pero ahora lo sé: anticipaban la celebración del día 5 de Noviembre, que conmemora, a nivel nacional, el día en el que Guy Fawkes intentó dinamitar el Parlamento. ¿Os suena? En efecto, V de Vendetta está basado en este personaje. Obviamente, no se celebra que quisiera quemar el Parlamento, sino más bien que fue descubierto y ejecutado, y se encienden hogueras para emular la muerte en la pira, pese a que en realidad el hombre murió torturado, desmembrado y qué sé yo cuántas perrerías más le hicieron. Esto explica por qué vimos un fuego en el pueblo de Bibury, del que hablaré mañana. Creímos que se quemaba algo, pero sin duda se trataba de una hoguera conmemorativa. Hoy es el día grande y por todas partes se ven fuegos artificiales. Muchísimos. En varios sitios distintos dentro de cada localidad. Ahora mismo están lanzándolos dentro del Lloyd Park, y no me quedo corta si digo que llevan dos horas haciéndolo. Sin duda, por eso son también en estas fechas los fuegos del Leeds Castle, pese a que la historia que cuentan no es precisamente la de Guy Fawkes.
Y bueno, añadir, ya cambiando de tema, que hoy tuve reunión con Dick a petición suya, y me preguntó si estaba interesada en el contrato. Le dije que sí, que claro, y por primera vez fui discreta y me callé todo lo que tenía en mente, que era decir básicamente que a la primera oportunidad me iría, si es que consigo un trabajo que me pague Animation Mentor. Pero lo dicho, que me callé porque a estas alturas lo que me conviene es quedarme en PUK. Dick estuvo atento, amable, y me preguntó varias veces si tenía alguna cosa más que pedir, decir, objetar… Hablamos del Pat’s Café y de si cambiarlo o no. Le va a dar un toque a Caroline para ver si cambia el menú. Yo le dije que, mientras cobre, no me importa cocinar en casa, pero de todos modos va a hablar con ella, o eso dijo. También dijo que su primo se dedica a la animación 2D y trabaja en una empresa en el sur de Londres. Va a intentar (o eso dijo) mandarme para allá dos semanas para que aprenda algunas cosas. Y es que me dijo que habrá también que preocuparse del tema de mi formación en animación. Me dijo también que está muy emocionado con la idea de hacer el spot publicitario ese de la empresa alemana (en enero se pondrán en contacto con nosotros, o eso dijeron), porque eso puede aumentar mucho el prestigio de PUK y la calidad de sus trabajos. La empresa podría crecer. Yo creo que también le gustó que yo haya empezado a hacer la versión Flash de la animación que estaba haciendo, porque ve que busco mejorar la calidad del resultado (con Lightwave y con los elementos y equipo con el que cuento queda de pena), y le gustará más cuando vea el resultado, ya veréis. :) Incluso me preguntó si considero que debe adquirir la licencia de Flash. Le respondí que en un par de días verá el resultado de la animación en Flash y que, en función de este, él mismo podrá decidir si merece la pena o no. Sinceramente, yo creo que sí la merece, pero si aún no tengo resultados no puedo decirle eso, claro.
Lo que veo es que me respeta y me tiene en cuenta. Y que me quiere contratar, y que espera que esté allí para ayudarle a realizar el corto que tiene en mente empezar en diciembre, y para el que está buscando un director que le dé nuevas ideas y creo que también un artista de storyboards (o el que lo pone todo en viñetitas tipo cómic para que la historia se entienda antes de empezar la versión definitiva). ¿Tendrá dinero para pagar todo eso? He ahí la cuestión. Porque si lo tiene, y si cumple lo que promete, tal vez sea interesante para mí quedarme en PUK y aprender todo lo que pueda antes de buscarme la vida en empresas más grandes.
De momento, mi futuro parece irse concretando y parece que hay luz al final del túnel. Ya os seguiré contando.
¡Besotes!